¿Es justa la industria musical?

Esta es la pregunta que se me viene a la cabeza cada vez que entra por mis oídos por sexta vez en la misma mañana Diamonds in the sky de Rihanna, que con su voz retocada por las tecnologías hasta el último milímetro, va perforándolos poco a poco.

También aparece cuando escucho la que va a ser la canción del verano compuesta, o en muchos casos simplemente interpretada, por un pacotilla que ha tenido la suerte de dar el pelotazo hoy, pero dentro de cuatro meses nadie se acordará de él ¿o alguien sabe algo de aquel brasileño que nos metió hasta lo más profundo del cerebro una sintonía, con coreografía incluida, hace unos años?

Reyes de la monotonía, escuchamos una y otra vez los temas que suenan en Los 40 Principales, Kiss FM u otra emisora de carácter comercial que pocas veces se esfuerza en sacar a la luz nuevos músicos ¿por qué? porque quizá no guste y entonces no sale rentable. Sin embargo, mientras cada día cantantes y músicos con verdadero talento pero una imagen que se aleja de la que pueda ser aceptable por la sociedad tratan de vivir de la música, misión imposible puesto que son siempre tapados por los supuestos grandes, seguimos diciendo sí al reggaeton maleante de Daddy Yankee, las profundas letras de Andy y Lucas o los nuevos remixes de Pitbull con Rihanna, Jennifer López, Enrique Iglesias o la mujer de 80 años que llega a las notas altas de la parroquia a la que vas con tu familia los domingos por la tarde.

Por tanto, ¿es justa la industria de la música? Después de esto queda claro que mi respuesta es no. Por mucho que se insista, difícilmente se va comenzar a prestar atención alguien que no se preocupe por su estética antes que al chico “cachas” de pelo rubio y una mirada que se lleva de calle a todas las jovencitas del país con un solo abrir y cerrar de ojos, sin necesidad de haber entonado una sola nota. Quizá haya que empezar de cero, lanzar una bomba que limpie toda la mediocridad, y solo la mediocridad porque los artistas consagrados y los principiantes talentosos sabrán salvarse de ella, y dar una oportunidad a aquellos que, sin necesidad de retoques, operaciones, ni portadas enseñando cuerpo, nos sometan con su voz y su música a una terapia curativa infinita.

Este artículo ha sido publicado originalmente en EntretantoMagazine

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